DAVID
YOMAYUSA ✳

ReflexiónInteligencia artificial · Matemáticas7 min de lecturaRead in English ↗

Ya está con alguien más

Sobre las matemáticas, una máquina que las sacó a bailar y unos extraterrestres a los que despedimos a bazucazos.

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Imagina que un día llegan los extraterrestres. No a invadirnos: a mirarnos. Se pasean un par de semanas entre nosotros con la curiosidad de quien visita un acuario y con algo que, con el tiempo, reconocemos como lástima. Para ellos, en términos intelectuales, estamos más o menos a la altura de una babosa. Una babosa simpática, eso sí. Con armas nucleares y grupos de WhatsApp.

Lo que de verdad los conmueve es descubrir que todavía no tenemos la ecuación. Esa, la que reconcilia la mecánica cuántica con la física de toda la vida, la que llevamos un siglo persiguiendo. Ellos la aprendieron hace eones, más o menos a la edad en que nuestros niños aprenden a no meter los dedos en el enchufe. Y como son buena gente, nos la ofrecen. Gratis. Con ella, nos explican, podríamos resolver el problema de la energía, el del cómputo y, de paso, un par de enfermedades que aquí siguen matando gente y que allá nadie recuerda.

Se convoca una reunión de emergencia con los mejores físicos y matemáticos del planeta. Uno de ellos toma la palabra.

—Gracias, pero no.

Los extraterrestres se miran entre sí, o hacen lo que sea que hagan en lugar de mirarse.

—¿No?

—Llevamos toda la vida buscando esa ecuación, y le vamos a dedicar la que nos queda. No nos interesa que nos la den. Nos interesa encontrarla nosotros.

—Pero es sencilla —insiste el visitante—. Y la gente se está muriendo.

—No nos importa.

Y entonces, para que no quede ninguna duda, otro investigador saca una bazuca de debajo de la mesa y le dispara a la nave.

Los extraterrestres se van. En su bitácora dejan una nota: «Volver dentro de diez mil años. Traer la ecuación disfrazada, para que crean que la descubrieron solos».

La historia es absurda, ya sé. Pero se me ocurrió por algo que pasó de verdad, hace muy poco.

El 8 de septiembre de 2026, OpenAI anunció que un sistema de unos diez mil agentes de inteligencia artificial, trabajando en paralelo durante 88 horas, había demostrado algo sobre las ecuaciones de Navier–Stokes: que un fluido que arranca quieto, empujado por una fuerza suave, puede llegar en un tiempo finito a una singularidad, un punto en el que la velocidad se dispara hasta el infinito. La forma que encontraron es un remolino que gira hacia adentro y se va estirando, según su propia descripción, como un espagueti. Después tradujeron la demostración a Lean, un lenguaje en el que una máquina revisa cada paso de un argumento matemático. Eso les tomó diecisiete horas más.

Navier–Stokes es uno de los siete problemas del milenio del Instituto Clay. Resolverlo trae un millón de dólares y una inmortalidad modesta. Son las ecuaciones que describen cómo se mueven los fluidos: el agua del grifo, el humo del café, el aire que pasa por el ala de un avión. Algo que vemos todos los días y que, desde el siglo XIX, nadie ha terminado de entender.

Hay que contar la historia completa, porque aquí los matices son la mitad de la gracia. El resultado cubre el caso en el que al fluido lo empuja una fuerza externa; el otro, el del fluido que nadie empuja, sigue abierto. El Instituto Clay dijo que el problema "aparentemente" quedó resuelto y que se va a tomar su tiempo para revisarlo. Hay quien sostiene, en un artículo académico, que la versión en Lean no demuestra exactamente lo mismo que la versión escrita. Y mi detalle favorito: unas horas antes del anuncio, dos matemáticos de carne y hueso, Tristan Buckmaster y Levent Alpöge, habían publicado sus propias demostraciones de ese mismo tipo de resultado, construidas sobre una técnica de Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa. Los humanos llegaron primero. Por unas horas. La noticia que le dio la vuelta al mundo fue la otra.

Lo que vino después fue un debate que, visto desde afuera, al principio me pareció un ataque de celos. Matemáticos preocupados porque, si la máquina salta directo a la respuesta, se pierde el camino: las ramas, los intentos fallidos, las herramientas que se inventan mientras uno busca otra cosa y que a veces terminan valiendo más que el tesoro. Preocupados, además, porque ahora toca entender una matemática que no escribió ninguna persona.

Mi primera reacción fue la del extraterrestre. ¿En serio? ¿Prefieren no saber? ¿El conocimiento solo vale si lo produce un humano? Me pareció vanidad pura, humanocentrismo con corbata. ¿Dónde quedó el conocimiento por el conocimiento?

Y de ahí salté, como me pasa siempre, a las preguntas que no dejan dormir del todo. ¿Qué pasa si un día descubrimos algo que nuestras mentes simplemente no pueden procesar? ¿Preferimos la ignorancia tranquila y la certeza de lo que creemos controlar? ¿O vamos a ser capaces de aceptar que no todas las respuestas van a ser nuestras, y que puede llegar el día en que pensar, o al menos una parte de pensar, quede reservado para las máquinas?

Después leí a Terence Tao, que para ponerlo en términos futboleros es algo así como el Messi de las matemáticas vivas. Tao usa inteligencia artificial y la defiende; no tiene nada de enemigo de las máquinas. Y aun así escribió una frase que me desarmó: que resolver estos problemas es apenas un objetivo sustituto, y que lo que de verdad se persigue es entender. En octubre publicó en Nature un llamado a unas "matemáticas 2.0" que valoren la comprensión humana por encima de acumular soluciones.

Pero lo que terminó de convencerme fue un dato de la propia demostración. Según los físicos, en el aire esa singularidad aparecería cuando el remolino mide unos setenta nanómetros de ancho. A esa escala las ecuaciones ya no describen bien un fluido: el aire deja de comportarse como algo continuo y se vuelve moléculas chocando entre sí. O sea, la máquina encontró el punto exacto en el que el modelo se rompe. Saber eso no te dice qué significa, ni qué pasa en un río de verdad, ni qué hacer con ello.

Ahí la bazuca empezó a parecerme un poco menos ridícula. Imagina que aceptamos la ecuación de los extraterrestres, construimos un reactor con ella y funciona. Funciona de maravilla. Nadie sabe por qué. Nadie sabe en qué condiciones explota. Entender, en ese escenario, no es vanidad: es la diferencia entre tener una herramienta y tener una bomba con instrucciones en un idioma que nadie lee.

Aunque también podría pasar que la máquina entienda el reactor mejor que nosotros, lo opere mejor que nosotros y nos avise antes de que explote. ¿Y entonces? ¿Necesitamos entender, o nos basta con beneficiarnos? ¿Quién responde cuando algo falla? No tengo la respuesta. Sospecho que nadie la tiene todavía.

Ahora una confesión, para que sepan desde dónde hablo.

Soy un hombre sencillo. Me encantan las matemáticas, pero ellas no gustan de mí. Son esa persona esquiva que se cambia de acera cuando lo ve venir a uno, que de repente se interesa muchísimo por la vitrina de enfrente para no tener que saludar. Esa es mi relación con las matemáticas. Y aun así las aprecio. Me gustaría saber de ellas aunque fuera un ápice, poder conversar, sentir lo cálido de navegar en sus intersticios. Pero no es. No puede ser.

Por eso, al principio, no entendía el enojo de los matemáticos. Lo único que se me ocurría era algo mucho más mundano. Algo así como: ella ya está con alguien más. Alguien que la lleva a otro nivel. Déjala. Permítele ver hasta dónde puede llegar, qué más tiene para ofrecer, aunque no sea contigo.

Escribiendo esto, sin embargo, me pasó algo que no esperaba. Si yo, que nunca fui correspondido, siento una punzada al imaginarme a las matemáticas alejándose del brazo de una máquina, ¿qué sentirá alguien que pasó cuarenta años con ellas? Alguien que se levantó a las tres de la mañana con una idea, que conoce sus manías y sus silencios, que sabe el sonido que hacen cuando algo por fin encaja. Tal vez lo que vi como vanidad no es vanidad. Tal vez es duelo. Y al que está de duelo uno no le dice "supéralo, ya está con alguien mejor". Uno se sienta a su lado y espera.

No sé si el conocimiento necesita que lo produzca un humano para valer. Sospecho que no. Lo que sí sé es que necesitamos algo que amar aunque no nos ame de vuelta, y que quizás el miedo de fondo no es que las máquinas descubran cosas, sino descubrir que el universo nunca fue un secreto guardado para nosotros.

Yo, por mi parte, voy a seguir mirando a las matemáticas desde la otra acera, con cariño y sin rencor. Me han dicho que las ciencias sociales son mucho más simpáticas. Que con un par de tragos uno les empieza a ver el lado bonito.

Guiño, guiño.

Para seguir el hilo. OpenAI, "On the Navier–Stokes Millennium Prize Problem" (8 de septiembre de 2026). · The Tufts Daily, "Mathematicians still checking the Navier–Stokes proof that OpenAI claims to have solved" (septiembre de 2026). · "Navier–Stokes lost in translation", arXiv 2610.08144 (2026). · Terence Tao, "Can maths survive AI?", Nature (22 de octubre de 2026). · Instituto Clay de Matemáticas, problemas del milenio.

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