DAVID
YOMAYUSA ✳

Reflexión · EnsayoDesarrollo humano8 min de lecturaRead in English ↗

¿Cuánto te pagaron?

Sobre las vidas que heredamos sin pedirlas, la pregunta que nadie supo responderle a Tyler y el precio de no atreverse.

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Hay una escena de Up in the Air que no he podido sacarme de la cabeza. Ryan Bingham, el personaje de George Clooney, se gana la vida viajando por Estados Unidos para despedir a personas que no conoce, en nombre de empresas que no se atreven a hacerlo ellas mismas. Frente a él está Bob, un hombre que acaba de perder su trabajo y que no sabe cómo va a mirar a sus hijos esa noche. Ryan revisa su hoja de vida y encuentra algo que nadie le había preguntado en años: Bob estudió cocina francesa.

Entonces le hace la pregunta. ¿Cuánto le pagaron la primera vez para que renunciara a sus sueños?

Bob no responde con una cifra. Nadie podría. La pregunta no es por el dinero. Es por el momento exacto en que uno aceptó el trato, y por si alguna vez se dio cuenta de que lo estaba aceptando.

Pero lo que vuelve insoportable la escena es algo que se entiende después. Ryan no está siendo generoso. Esa pregunta, tan hermosa, es su técnica de trabajo: la usa para que el despido duela menos y la conversación termine rápido. Hasta nuestros sueños pueden servirle a alguien como herramienta.

01 — Lo que nos regalaronHerencias que nadie pidió

Nadie nos pregunta si queremos lo que nos dan. Nos obsequian angustias que no eran nuestras, metas que alguien más no alcanzó y nos pasó como quien pasa una deuda, una idea de éxito que llegó empacada con el apellido, el barrio, la carrera "con futuro", el estrés de cumplir a tiempo con una vida que nadie revisó antes de entregarla. Nos regalan una forma un poco torcida de ver el mundo. Y luego nos juzgan, y muchas veces nos juzgamos solos, por no cumplir con algo que, en principio, ni siquiera queríamos.

En 1919, Franz Kafka le escribió una carta a su padre que nunca le entregó. Empieza así: «Querido padre: hace poco me preguntaste por qué afirmo que te tengo miedo». Son decenas de páginas de un hijo intentando explicar, con una precisión que todavía duele, cómo una vida entera puede organizarse alrededor de la mirada de otro. La carta se quedó en un cajón, como se quedan tantas conversaciones que necesitamos tener y no tenemos.

No hace falta un padre como el de Kafka para entenderla. Basta con haber escogido algo para no desentonar. Basta con haber dicho "después" demasiadas veces, hasta que el después se volvió una forma de vivir.

02 — La llamada«¿Y ahora qué, papá?»

En El club de la pelea hay una conversación que parece menor. El narrador, al que muchos llaman Jack, y Tyler Durden descubren que tienen algo en común: los dos crecieron con un padre lejano que, cada tantos años, les daba una instrucción por teléfono. El narrador lo cuenta así: se graduó, llamó a su papá y le preguntó qué seguía. "Consigue un trabajo", le dijo. Años después volvió a llamar con la misma pregunta. "No sé", le respondió el padre. "Cásate."

Ese "no sé" es el centro de todo. La pregunta llegó a un punto en el que el padre ya no tenía respuesta, y es posible que nunca la haya tenido de verdad. Solo repetía lo que a él le habían dicho.

Si no has visto la película, aquí va el final. Tyler y Jack coincidían en todo porque eran la misma persona. La conversación sobre el padre que no supo qué contestar era, desde el principio, una conversación de alguien consigo mismo.

Llevamos años preguntándoles a otros, a los padres, a los jefes, a lo que se espera de nosotros, por una respuesta que solo podía venir de adentro. ¿Cuál es tu "y ahora qué"? No el que te dicen. No el que queda bien en una entrevista o en un almuerzo familiar. El que dictaminas tú. El que te remueve por dentro. El que te saca una sonrisa con solo pensarlo.

03 — La trampaTampoco es "sigue tu pasión"

Antes de seguir, una advertencia, porque este texto podría convertirse con mucha facilidad en lo que no quiero que sea.

Hoy circula por todas partes una instrucción que parece liberadora: haz lo que amas, renuncia, persigue tu sueño. Suena a lo contrario de las herencias que acabo de describir. No lo es. Es otra herencia, más moderna y más cruel, porque viene disfrazada de libertad.

Byung-Chul Han lo explica en La sociedad del cansancio: ya no necesitamos un capataz que nos exija, nos exigimos solos, convencidos de que somos libres, y nos agotamos en nombre de nuestro propio proyecto. En esa lógica, quien no persigue sus sueños ya no es solo alguien con miedo. Es alguien que fracasó en ser libre. Otra deuda. Otro juicio.

Así que no, este no es un texto para decirte que renuncies mañana.

04 — La confesiónYo no

Si me lo pregunto a mí, la respuesta honesta es que no. No estaría dispuesto a dejarlo todo por perseguir eso que me remueve. Desafortunadamente, no.

¿Cómo hago para pagar las cosas que en principio no quería, no necesitaba y no me importaban? No es una pregunta retórica. Hay una voluntad que se quiebra un poco cada vez que uno se adapta para no desentonar. Hay unas expectativas que no sé a qué hora llegaron a estar donde están, pero ahí están, ocupando espacio, cobrando arriendo. Para mí no es viable eso de "detengan el mundo, que me quiero bajar".

Pero sobre todo está el miedo. El que aparece justo cuando hay que decidir sobre lo que importa, y que tiene una habilidad enorme para disfrazarse de prudencia, de responsabilidad, de sentido común.

Fernando Pessoa escribió buena parte del Libro del desasosiego en la voz de Bernardo Soares, un ayudante de contabilidad que pasó la vida en una oficina de la calle de los Douradores, en Lisboa. Soares no se fue a ninguna parte. Y, sin embargo, desde ese escritorio vio con una lucidez que pocos aventureros alcanzan. Quedarse no lo vuelve a uno ciego. Lo que enceguece es no darse cuenta de que uno se quedó.

Lo digo sin orgullo y sin culpa: me quedé. Por ahora. Y por eso mismo admiro tanto a quien no.

05 — Alguien que síSin paracaídas

Hay personas que se apasionan por algo que para los demás es apenas un trámite del día. Quien se sabe el nombre de cada máquina del gimnasio y la forma correcta de usarla. Quien tiene el clóset lleno de telas convertidas en atuendos de mil colores y aun así piensa cada mañana que no tiene nada que ponerse. Quien cocina no para quitarse el hambre, sino para ver en la cara de otro esa expresión que solo produce algo delicioso hecho con las propias manos.

Conozco a una persona así. No importa su nombre. Ha ido como un ave, de aquí para allá, picoteando un rato en un lugar y otro rato en otro, sin quedarse mucho tiempo en ninguno. Pero no ha sido un ir y venir sin rumbo: en cada parada fue armando sus propias reglas y siguió fiel a sus gustos, aunque el resto del mundo no terminara de entender esa obsesión.

Un día se lanzó sin paracaídas, a una batalla que hasta el general Custer habría evitado. Sus herramientas son las más simples que existen: lo hecho a mano, el trato directo entre personas, los lugares comunes donde la gente suele reunirse. ¿Qué va a pasar? Ni idea. ¿Le va a ir bien? Ojalá.

No es millonaria. No la rodean multitudes que la aplaudan. Pero cuando habla de lo que hace, algo le cambia. El tono, la postura. La conversación se acelera, se mete por caminos enredados y los recorre con una seguridad que casi no le he visto a nadie. Habla de sus victorias, las del alma, no las del extracto bancario, con una sonrisa que no se puede fingir.

Es una persona afortunada, y no sé hasta qué punto lo sabe. Encontró su motivación vital. Eso, que parece tan poco, es lo que la mayoría buscamos toda la vida en el lugar equivocado.

06 — El miedo correctoLo que de verdad da miedo

Aristóteles no decía que el valiente fuera alguien sin miedo. Decía algo más exigente: que el valiente teme lo que debe temer, por las razones correctas, de la manera y en el momento adecuados. No se trata de dejar de tener miedo. Se trata de temerle a lo que corresponde.

Y ahí la pregunta se me da vuelta. Le tengo miedo a quedarme sin ingresos, a decepcionar, a equivocarme en público. ¿Son esos los miedos correctos? ¿O son también parte de la herencia, empacados junto con las metas y las angustias? ¿Qué pasaría si, en lugar de temerle a perder la estabilidad, le temiera a llegar a viejo sin haber probado?

Rainer Maria Rilke le contestó a un joven que le preguntaba si debía ser poeta con una sola instrucción: que se preguntara, en la hora más callada de su noche, si debía hacerlo. Y que, si la respuesta era un sí rotundo, construyera su vida de acuerdo con esa necesidad. No le prometió que le iría bien. No le dijo que sería feliz. Solo le pidió que no se mintiera.

Vuelvo a Bob, sentado frente a Ryan, con su hoja de vida sobre la mesa y una cocina francesa que se quedó en un papel.

La pregunta de Ryan, ahora que lo pienso, está mal hecha. Supone que el trato se cerró una sola vez, hace mucho, en un momento que ya pasó. Pero no funciona así. El trato se renueva. Cada quincena, cada fin de mes, cada vez que decimos "después", volvemos a aceptar el pago y volvemos a firmar.

Así que no te pregunto cuánto te pagaron. Esa cifra ya no importa.

Te pregunto cuánto sigues cobrando.

Las obras. Up in the Air, dirigida por Jason Reitman (2009). · El club de la pelea, dirigida por David Fincher (1999), a partir de la novela de Chuck Palahniuk (1996). · Franz Kafka, Carta al padre (escrita en 1919). · Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010). · Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. · Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro III. · Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta.

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