DAVID
YOMAYUSA ✳

ReflexiónInteligencia artificial · Oficio9 min de lecturaRead in English ↗

Curadores, no vasallos

Si todos tenemos las mismas herramientas, lo que nos distingue es lo que sabemos ver. Sobre el criterio, el oficio y el miedo en tiempos de inteligencia artificial.

Hace unos días publiqué en este mismo espacio un ensayo sobre gestión de proyectos. Lo escribí con un asistente de inteligencia artificial: le dicté mis historias por audio, desordenadas, con muletillas y frases a medio terminar, y él las convirtió en un texto limpio, bien estructurado, con referencias. En uno de los párrafos escribió que unos pagos se habían retenido "por el cambio en la presidencia de la entidad". La frase sonaba bien, encajaba con todo lo que la rodeaba y tenía el tono exacto del resto del ensayo. También era falsa. El cambio no fue en la entidad, fue de presidente del país. Lo vi cuando el texto ya estaba publicado, leyéndolo con calma, y lo corregimos ese mismo día.

Nadie más lo habría notado. No había forma de notarlo desde afuera: el error no estaba en la gramática ni en la lógica, estaba en la realidad, y la realidad la había vivido yo.

Esa misma semana pasó lo contrario. Yo recordaba que un contrato había durado seis meses y así se lo dije al asistente. Él fue a buscar los documentos y me mostró que habían sido cerca de nueve, con una prórroga de por medio. Mi memoria estaba equivocada y la herramienta tenía razón.

Me quedo con las dos escenas juntas, porque desarman las dos posturas fáciles sobre la inteligencia artificial: la que dice que la máquina se equivoca y por eso no sirve, y la que dice que la máquina sabe más y por eso hay que obedecerla. Ninguna de las dos describe lo que pasó. Lo que pasó es que había una persona que sabía cosas que la herramienta no podía saber, una herramienta que encontraba cosas que la persona había olvidado, y alguien que tenía que responder por el resultado. Ese alguien era yo.

01 — El ojoTener las herramientas no es tener el criterio

Hace unos meses encontré el trabajo de Kakeru Taira, un artista japonés que construye escenarios difíciles de describir: estaciones de metro, pasillos de edificios, salas de espera. Lugares comunes, casi anodinos, que en sus imágenes parecen sueños lúcidos. Hay un desenfoque que no deja ver bien qué objeto está ahí, pero se entiende perfectamente dónde estamos. Uno reconoce el lugar y al mismo tiempo siente que algo no cuadra.

En su canal tenía videos donde mostraba cómo trabajaba, qué herramientas usaba y cómo había incorporado la inteligencia artificial a su proceso. Hoy esos videos ya no están disponibles. Lo que queda es la obra.

Desde entonces le repito algo a mi equipo: yo tengo acceso a prácticamente las mismas herramientas que él. Podría instalar los mismos programas, usar los mismos modelos y pasar años iterando. Y aun así no llegaría a algo con esa fuerza. No porque las herramientas me lo impidan, sino porque no tengo su sensibilidad. Él sabe cuándo una imagen funciona, qué detalle cambia la atmósfera, qué sobra y qué falta. Yo podría generar mil imágenes; él sabe reconocer la que vale la pena.

Que sus videos hayan desaparecido me parece, de alguna forma, la mejor ilustración de lo que quiero decir. El proceso se puede esconder, copiar o volver obsoleto en un año, cuando cambien las herramientas. El ojo no.

02 — El puenteProducir no es juzgar

Lo mismo pasa lejos del arte, y ahí las consecuencias son menos poéticas. Hoy puedo pedirle a una inteligencia artificial que calcule las cargas de un puente, que proponga materiales y que programe una simulación. Me va a entregar algo convincente: fórmulas, gráficos, explicaciones razonables. Pero yo no soy ingeniero estructural. No sabría reconocer una condición de carga mal planteada ni un supuesto equivocado. Peor aún, podría estar llevando a la herramienta hacia el error con mis propias preguntas, y los dos terminaríamos convencidos de que todo está bien. Al puente no le importa cuánta confianza teníamos. Se cae igual.

Esto no es solo una intuición. En 2023, un grupo de investigadores de Harvard y otras universidades hizo un experimento con cientos de consultores de una firma internacional. Cuando las tareas estaban dentro de lo que la herramienta hacía bien, quienes usaban inteligencia artificial trabajaban más rápido y con mejor calidad. Cuando las tareas estaban justo fuera de ese límite, pasaba lo contrario: quienes usaban la herramienta acertaban bastante menos que quienes trabajaban sin ella. Los investigadores lo llamaron una "frontera irregular", porque no se ve dónde termina. Del lado de adentro, la herramienta te hace mejor. Del lado de afuera, te hace peor y no te avisa.

Ahí está, creo, la confusión de este momento. Estamos tratando como si fueran lo mismo dos capacidades muy distintas: la de producir y la de juzgar lo producido. La primera se está volviendo accesible a una velocidad que nunca habíamos visto. La segunda sigue exigiendo conocimiento, experiencia y, sobre todo, alguien dispuesto a responder.

03 — La palabraCurar es cuidar

Elegí la palabra curador a propósito, y sé que tiene un problema: suena a alguien que escoge entre opciones, como quien elige qué cuadros cuelgan en una sala. Si fuera solo eso, sería una palabra pobre para lo que quiero decir, porque escoger entre lo que produce una máquina es lo más fácil de todo. Pero la palabra viene del latín curare, que significa cuidar, hacerse cargo. El curador original no era quien elegía, sino quien respondía por algo que no era suyo.

Ese es el sentido que me interesa. Un curador, en esta época, es quien se hace cargo de lo que la herramienta produce: quien formula bien el problema antes de pedir nada, quien reconoce una solución mediocre aunque esté impecablemente presentada, quien sabe en qué lado de la frontera está parado y quien firma.

El vasallo es lo contrario. No es quien usa la inteligencia artificial, todos la vamos a usar. Es quien le transfiere el juicio. Quien acepta la primera respuesta porque suena segura, quien deja de preguntarse si eso es lo que el problema necesitaba, quien termina respondiendo ante la herramienta en lugar de responder por ella.

Y hay algo más, que me parece lo más importante. El conocimiento no sirve solo para cuidar que no nos equivoquemos. Sirve para ir más lejos. Lo "menudito", lo manual, lo que nos quitaba tiempo y atención va cayendo, y lo que queda es un campo abierto para decidir hacia dónde ir. Un ingeniero que entiende de verdad las estructuras puede usar estas herramientas para probar diseños que antes descartaba por falta de tiempo. Un artista con ojo puede explorar atmósferas que antes le habrían tomado meses. La experiencia deja de ser únicamente lo que nos mantiene seguros dentro de un territorio conocido y se convierte en el punto de partida para salir de él. Sin ella, la herramienta solo nos lleva a dar vueltas más rápido en el mismo lugar.

04 — La paradoja¿Y cómo se forma el ojo ahora?

Aquí aparece la objeción que más me inquieta, y prefiero ponerla sobre la mesa en lugar de esquivarla. Si el criterio del artista, del ingeniero o del gestor de proyectos se formó, precisamente, haciendo durante años lo menudito, ¿cómo lo va a formar alguien que empieza hoy, si la herramienta hace lo menudito por él?

No es una pregunta retórica. El mismo estudio de la frontera irregular encontró que quienes más mejoraban con la herramienta eran los consultores con menor desempeño previo. La inteligencia artificial sube el piso, y eso es una buena noticia. Pero subir el piso no es formar el ojo. Alguien puede entregar trabajos correctos durante años sin desarrollar nunca la capacidad de reconocer cuándo algo correcto está equivocado.

No tengo una respuesta cerrada. Tengo algunas ideas que me parecen sensatas para quienes lideramos equipos:

Si no hacemos algo así, corremos un riesgo silencioso: una generación de profesionales muy productivos que nunca tuvo la oportunidad de volverse expertos.

05 — El miedoLa era de lo seguro se terminó

Entiendo que todo esto dé miedo. Y no hablo de una inquietud razonable que se resuelve con un curso. Hablo de auténtico terror, el de quien dedicó veinte años a dominar una técnica y ve que una herramienta la ejecuta en minutos. La incertidumbre es fatal, y para mucha gente fallar no es una opción: hay familias, deudas y personas que dependen de que todo salga bien.

No todo miedo es resistencia al cambio. A veces es una lectura muy lúcida de los riesgos, sobre todo cuando las organizaciones usan estas herramientas para recortar en lugar de para crecer. Y no todos tienen el mismo margen para equivocarse. Eso hay que decirlo, porque es fácil predicar la experimentación desde una posición cómoda.

Pero también creo que la era de lo seguro se terminó hace unos años, y que fingir lo contrario es la forma más arriesgada de vivir este momento. Dominar una técnica ya no garantiza décadas de estabilidad. Lo que sí podemos hacer es dejar de medir nuestro valor por cuánto tardamos en hacer un plano, escribir un informe o dibujar una imagen, y empezar a medirlo por lo que somos capaces de ver, decidir y sostener.

Qué mejor momento que este para equivocarnos, para saber hasta dónde podemos ir. Que se caigan las cadenas, que se retire la venda, aunque lo que veamos nos asuste. No hablo de experimentar con la seguridad de otros ni de fallar por descuido. Hablo de recuperar algo que muchas organizaciones nos fueron quitando con los años: el permiso de intentar algo sin saber si va a funcionar.

Vuelvo al momento en que encontré el error en mi propio ensayo. No tenía nada de heroico: un párrafo, una palabra cambiada, cinco minutos de corrección. Pero me dejó pensando en cuántas frases así circulan todos los días, bien redactadas, coherentes, publicadas, que nadie va a corregir porque la única persona que podía notarlo no las leyó con atención, o porque ya no había nadie con la experiencia para notarlo.

No sé cómo se van a reorganizar las profesiones. Desconfío de quien dice saberlo. Lo que sí sé es que en cada oficio hay errores que solo puede ver alguien que lo conoce de verdad, y aciertos que solo puede imaginar esa misma persona.

¿Cuál es el error que, en tu trabajo, solo tú podrías ver? ¿Y qué podrías intentar ahora que antes ni siquiera te habrías planteado?

Una deuda. Muchos de los planteamientos de este texto se nutrieron de conversaciones con el profesor Carlos Alberto Merchán Basabe, de la Universidad Pedagógica Nacional, y de conceptos tomados de su trabajo.

Sobre el artista. Kakeru Taira es un artista japonés conocido por sus escenarios cotidianos de atmósfera onírica. Los videos en los que mostraba su proceso ya no están disponibles en su canal; la descripción de su trabajo corresponde a su obra y a mi recuerdo de esos videos.

Para leer más. Fabrizio Dell'Acqua y otros, "Navigating the Jagged Technological Frontier: Field Experimental Evidence of the Effects of AI on Knowledge Worker Productivity and Quality", Harvard Business School Working Paper 24-013 (2023).

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