DAVID
YOMAYUSA ✳

ReflexiónInnovación · Equipos9 min de lecturaRead in English ↗

Que no sea un estorbo

Sobre la innovación, una clase de rumba, un Doctor con un mechón rebelde y el día en que dije que sí a algo que no sabía hacer.

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Me gustan las clases de rumba. Lo cual es raro, porque no disfruto las aglomeraciones, y para mí una aglomeración empieza en cuatro personas. Pero en la rumba me pasa lo contrario: entre más gente, mejor. No porque me guste la multitud, sino porque baja la probabilidad de que alguien note mis dos pies izquierdos y mis intentos frenéticos por pisar cucarachas imaginarias al ritmo de algo que, siendo generosos, podríamos llamar música.

El problema es que no soy el único. A los diez minutos la clase es un espectáculo: unos bailan salsa, otros están haciendo una especie de danza de la lluvia (ahí me incluyo), alguien va tres tiempos adelante y una señora del fondo ejecuta con mucha convicción la coreografía de otra canción. Todos sudando. Todos convencidísimos de que la estamos pasando bomba.

Hasta que el profesor apaga la música.

—¡Espectacular! Me encanta. ¿Ustedes de dónde salieron? —dice, con una sonrisa que me empieza a preocupar—. Solo una cosita: ¿qué tal si ahora hacemos todos la misma coreografía?

Unos se ríen. Otros miran alrededor buscando al culpable. Y nunca falta la cara de alguien profundamente ofendido en su expresión artística. Yo evito el contacto visual; bastante tengo con mis pies. Pero mientras tanto pienso en algo que no debería estar pensando en una clase de rumba: esto es exactamente lo que nos pasa cuando intentamos innovar.

Todo el mundo quiere innovar. Es de las pocas palabras que ponen de acuerdo a una sala entera. Se habla de ecosistemas, de sinergias, de la cuádruple hélice: academia, empresa, Estado y sociedad bailando juntos para convertir conocimiento en soluciones. Precioso. El problema empieza cuando ponen la música.

El empresario tiene una idea buenísima, pero esta semana hay que atender a un cliente que se puede ir, y la siguiente hay que cerrar el trimestre. Innovar, claro que sí, pero ojalá cuando el flujo de caja deje de comportarse como un paciente en cuidados intensivos.

La academia tiene las puertas abiertas a todos. Lo dice el cartel. Adentro las cosas son un poco distintas. He estado más veces de las que quisiera en salones donde todo se resumía a escuchar al Doctor, así, con mayúscula, dictando cátedra sobre los ambientes heterogéneos de elucubración sináptica pedagógica, mientras yo me preguntaba si el mechón de pelo rebelde que le despuntaba en la coronilla era una declaración oculta de anarquía, una invitación secreta a desobedecer al sistema, o simplemente un indicador de que se le estaba acabando el gel. Al final del semestre corríamos todos a redactar un informe de innovación pedagógica que, en el mejor de los casos, hoy recoge polvo en un anaquel.

El Estado también está encantado con la innovación. Le dedica discursos, convocatorias y comités. Lo difícil es que innovar implica incertidumbre, y la incertidumbre tiene la mala costumbre de no dar resultados justo antes de las elecciones. Más de una vez invité a personas que, se suponía, podían mover los hilos para armar alianzas interesantes. Descubrí que los únicos hilos que les interesaba mover llevaban a una cuenta bancaria o a unas semanas más de pensión cotizadas.

Y la sociedad, esa invitada a la que todos dicen representar, muchas veces se entera del proyecto cuando ya está diseñado, financiado y aprobado. Entonces la convocamos a un taller participativo para que opine sobre lo que ya decidimos hacerle.

Hay excepciones, claro. Las conozco y las admiro. Pero en la mayoría de los salones que he visto, todos bailamos a destiempo, cada uno una canción distinta, convencidísimos de que lo estamos haciendo espectacular. Los resultados no dicen lo mismo.

Hace años vi una entrevista a un muchacho que había creado una empresa colombiana de videojuegos. No recuerdo su nombre ni el de la empresa, y de verdad me intriga saber qué fue de él. Lo que sí recuerdo es la pregunta. La entrevistadora quiso saber qué esperaba del Gobierno para que le ayudara con su emprendimiento. Él respondió sin pestañear:

—Que no sea un estorbo.

Puedo imaginar a unos señores muy señores gritándole al televisor que la juventud está perdida. A mí, en cambio, la respuesta me dejó pensando. No porque fuera irreverente, sino por lo que no pedía. No pedía plata, ni oficinas, ni capacitaciones, ni beneficios tributarios. Pedía que lo dejaran trabajar. En cinco palabras dijo lo que a muchos consultores nos toma ochenta páginas y tres mesas de trabajo.

Y me dejó una pregunta que todavía me incomoda: ¿qué tiene que pasar para que alguien que intenta construir algo nuevo vea a las instituciones que dicen apoyarlo como obstáculos que tiene que esquivar? Y peor: ¿cuántos habrán decidido no intentarlo siquiera?

Las ideas, por lo menos las mías, no llegan en lugares solemnes. Llegan en la ducha, entre el vapor, con el agua golpeándome la cabeza y un radio de pilas que, a lo lejos, deja escapar a Miguel Bosé prometiendo que será mi amante bandido. Y ahí está. Una idea. No necesariamente buena, no necesariamente original, pero lo bastante interesante como para querer saber qué pasaría si la intentara.

Entonces cometo el error de contársela a alguien.

—¿Y para qué va a hacer eso? Es complicadísimo.

O su variante favorita:

—Eso ya existe. Y lo hacen mejor.

Por fuera respondo con toda la diplomacia del caso: gracias por mostrarme la realidad, seré más cuidadoso la próxima vez, querido profesor, usted es la luz que ilumina nuestros caminos. Por dentro, el pensamiento es de otro calibre: este señor no es capaz de tocarse la nariz con el dedo índice y me viene a decir qué es difícil y qué es fácil.

Ahora, para ser justo, a veces la idea es mala. A veces sí existe algo mejor. A veces quien advierte una dificultad me está ahorrando meses de trabajo. Hay una diferencia enorme entre el que dice "esto no va a funcionar por estas razones, veamos cómo lo resolvemos" y el que dice "eso es muy difícil, mejor no lo haga". El primero se mete al problema con uno. El segundo cierra la puerta y se va a tomar tinto.

Hasta aquí todo suena muy cómodo: el joven incomprendido contra las instituciones que no lo dejan bailar. Pero tengo que contar otra historia, porque en esa yo no era la víctima.

Hace muchos años, el gerente para el que trabajaba me pidió que lo acompañara a una reunión con otros gerentes. Negocios de alto nivel, un cliente importante y un problema que yo no sabía ni cómo empezar a entender. El viaje en su carro fue un silencio sepulcral. Yo me imaginaba que estaba ahí por una de esas serendipias del destino, de relleno. Pero en el ascensor, subiendo a la oficina del cliente, la intriga me explotó y le pregunté, con algo de pena:

—Y yo, ¿qué tengo que hacer?

—Fresco, chino —me dijo—. Yo le digo al man que ni me mire a mí, que yo vine fue con el máster, con el que le va a solucionar esta vida y la otra.

Mis nervios, que ya venían alterados, alcanzaron niveles que algún sismógrafo debió registrar. En la reunión, el cliente pidió de todo: seguimiento por GPS, una plataforma de monitoreo en tiempo real de sus operaciones, un sistema de seguridad para las casas de sus ejecutivos. Básicamente, que me pusiera un cuchillo entre los dientes, me colgara de una liana y salvara el día. Nada de eso sabía hacerlo. No estaba preparado.

Y lo más importante: no dije que no. Asentí. Me senté derecho, con una postura robusta, como si el asunto se resolviera con fuerza física; para que se hagan una idea, en esa época a Fido Dido y a mí nos podían confundir en la calle. Dije que por supuesto, que era obvio, que no había otra manera.

Salí convencido de que mi jefe me diría "tranquilo, eso lo ponemos al equipo tal y lo resolvemos", que al llegar a la oficina abriría una puerta escondida y aparecería Rambo, guardado todos esos años para una ocasión así. En el ascensor, bajando al parqueadero, me dijo:

—Bueno, entonces me presenta una propuesta para responderle a este cliente. Espero el plan el lunes. Usted es el responsable de que esto salga adelante.

Mi alma sigue en ese ascensor. Si alguien se monta hoy y escucha un llanto interno que repite "pero ¿yo por qué?", ese soy yo.

Esos proyectos, muy innovadores, muy tecnológicos, muy de alto perfil, no salieron, o por lo menos no como se plantearon. Mi capacidad de entonces no era nula, pero sí muy limitada. Me sobreestimaron, sí. Pero también es cierto que yo me dejé sobreestimar, porque decir "no sé" en esa sala me pareció más peligroso que prometer lo imposible. Ahí entendí algo que no me gusta admitir: la innovación no solo se muere porque otros la bloquean. También se muere porque alguien, para no quedar mal, dice que se sabe la coreografía.

Vuelvo a la clase de rumba. Al principio pensé que la solución era simple: que todos aprendiéramos la misma coreografía. Pero después me entró una duda. ¿De verdad queremos que todos bailemos exactamente igual? Veinte personas repitiendo a la perfección los pasos del profesor pueden dar un espectáculo precioso. Pero si nadie se atreve con un paso distinto, ahí no va a aparecer nada nuevo.

La innovación necesita coordinación y necesita desacuerdo. Necesita el conocimiento acumulado del Doctor, aunque tenga el mechón rebelde, y necesita al muchacho que no ha leído a los autores correctos. Necesita reglas, y gente dispuesta a cambiar algunas. Necesita que el empresario acepte perder un poco buscando algo más, que la academia salga de la burbuja de sus publicaciones, que el Estado deje de ver la ciencia como un agujero negro que se traga presupuesto sin dar votos. Y necesita que cada uno, empezando por mí, diga "no sé este paso" antes de pisarle los pies a los demás.

Lo difícil es saber cuándo nos toca dirigir y cuándo seguir. Porque una cosa es invitar a alguien a bailar, y otra muy distinta dejar que te cambie la canción.

Hoy, a veces, pienso qué pasaría si me pusieran otra vez en ese ascensor. Y, sobre todo, en qué retos de ese tamaño ya he afrontado sin darme cuenta. No tengo una gran teoría para arreglar la cuádruple hélice, ni cinco pasos para construir ecosistemas. Conozco gente que haría eso mucho mejor que yo. Lo que tengo es curiosidad, ganas de aprender y la costumbre de equivocarme: me aferro a ideas que debería soltar antes y todavía confundo, de vez en cuando, entusiasmo con viabilidad.

En mi clase de rumba, después de corregirnos, el profesor vuelve a poner la canción. Durante unos segundos pasa algo maravilloso: todos llevamos el mismo ritmo. Incluso yo. Luego alguien se adelanta, otro gira para el lado equivocado y yo vuelvo a quedar rodeado de cucarachas imaginarias. Pero ahora, cuando me pierdo, puedo mirar a alguien que sí se sabe el paso. A veces me ayuda. A veces nos equivocamos los dos y nos reímos. Y de vez en cuando, en medio del desorden, aparece algo que nadie había ensayado.

Así que, si estás haciendo algo interesante, o tienes una idea que todavía no sabes cómo hacer, me gustaría escucharte. No prometo llevar el ritmo. Y mucho menos saberme todos los pasos.

Solo te pido un favor: si me ves pisando cucarachas, no apagues la música. Todavía estoy aprendiendo.

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