DAVID
YOMAYUSA ✳

ReflexiónProyectos · Relaciones9 min de lecturaRead in English ↗

Mr. Know It All

Sobre las canciones que uno pone en repetición, una bola de cristal que no existe y una señora que paga siempre con el billete exacto.

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No concibo un trayecto a pie, en transporte o en el carro, ni una rutina de gimnasio sin música, y cuando no hay batería o mis audífonos prefieren quedarse en casa antes que acompañarme, eso no se configura en una tragedia, pero casi. Uno diría que es por gusto. Yo sospecho que es para no quedarme a solas con lo que tengo en la cabeza.

Hace un tiempo me acompaña Mr. Know It All, de Teddy Swims, reforzada por The Night We Met, de Lord Huron, y Self Aware, de Temper City. Si estás aquí, es muy probable que detectes cuál es el hilo que las conjuga e incluso el orden en que las empecé a escuchar. No voy a confirmarte nada.

Al oído distraído, Mr. Know It All le puede sonar a la queja de alguien cansado de un sabelotodo, o a uno de esos señores que se dan cuenta de lo que a los demás les cuesta procesar. Yo entiendo otra cosa. Entiendo a un tipo quejándose de sí mismo, de esa forma de asumir que antes de dar el primer paso ya sabe qué va a pasar, cómo van a terminar las cosas y que básicamente no hace falta caminar para conocer el desastre que se aproxima. Una visión algo fatalista, dura y tal vez victimista, saca tú tus propias conclusiones. Todo con el aderezo de las relaciones humanas, que hasta hoy me cuesta entender del todo.

Pero este no es un escrito sobre ella ni sobre por qué no debí acercarme en principio. Eso dejémoslo para después, con un juguito de cebada y un ambiente permeado por las obras de Julio Jaramillo. Este es sobre las veces que, antes de empezar cualquier cosa, ya asumimos el más estrepitoso de los desastres.

Seguro tienes más de uno o dos recuerdos de eso que quisiste hacer y que por miedo al fracaso ni siquiera iniciaste: el negocio de tu vida, el estudio que te daría ese título que tanto ansiabas, esa actividad que no te iba a solucionar la vida pero probablemente la haría más llevadera. En otro hilo conversábamos sobre una valiente emprendedora que a punta de tarjetas a la medida quería construir su éxito financiero, hasta que el paseo de su mascota, algo de hambre y un clima que no colaboraba le cortaron las alas a tan valiente empresa.

Yo me río, pero podría hacer un listado de mis propios emprendimientos anticipadamente huérfanos, y es posible que sean más de los que quisiera admitir, sobre todo a sabiendas de que mis sueños no participaron en el reparto universal de cotas realistas. Arrancan con un entusiasmo tremendo. Los investigo, les encuentro un nombre que suena muy bien en inglés y, cuando ya van cogiendo forma, me obsesiono con minucias que para otros son adornos y empiezo a imaginar todo lo que podría salir mal. Suena a virtud, créeme, pero con el tiempo se convierte en una pequeña tortura autoinfligida. Ahí comienza el funeral: discreto, administrativo, sin flores. La idea pasa de una carpeta llamada «Proyectos» a otra llamada «Algún día», que es una manera elegante de construir un cementerio. Una maravilla de la eficiencia: fracasar sin invertir recursos.

Aunque aquí viene el giro. Como sabes, y si no lo sabes te lo cuento, mi vida profesional se ha decantado por la gestión de proyectos, una actividad donde anticipar no es un defecto sino una virtud que evita dolores futuros. Lo que me arruina los domingos me paga el arriendo. Compañeras y compañeros, en diferentes momentos y sin ponerse de acuerdo, me han dicho más o menos lo mismo: "Compañero, ¿usted tiene una bola de cristal? ¿Cómo sabía que esto iba a pasar?".

Aquí fácilmente me podría colgar preseas que no me corresponden, porque la cosa tiene truco. Yo no adivino nada. Hago un análisis somero, lo comparo con otros proyectos de características parecidas, le doy ese toque de pimienta negra recién molida y presento un menú de lo que puede llegar a pasar: que tal cosa falle, que ese supuesto del que depende todo no se dé o la típica, que el cliente piense que en los proyectos los únicos que trabajamos somos nosotros. A veces me sorprendo llegando a desenlaces que otros ni en sus más locos sueños. También me equivoco, y mucho, y eso me tranquiliza, porque si me equivoqué el escenario catastrófico no se dio. Por eso siempre que hago esta tarea de adivinación y futuroñogía concluyo igual:

"Espero estar equivocado".

Escribiendo esto me dio por averiguar de dónde había salido la canción, y me llevé una sorpresa. Swims contó que se obsesionó con el dilema del profeta, una idea de Robert K. Merton, el sociólogo que bautizó la profecía autocumplida. El dilema funciona así: los médicos anuncian una epidemia de gripa, la gente corre a vacunarse, la epidemia no llega y a los médicos los tratan de exagerados. Hacerle caso a la profecía es lo que la vuelve falsa. O sea, mi trabajo. Un sociólogo ya me había descrito el oficio hace décadas, y yo pensando que era una personalidad difícil.

Swims lleva la idea al amor y ahí se pone feo: uno puede proteger algo tanto que lo pierde, o verlo venir y perderlo igual. Por eso la canción no me soltaba. Es la misma maña con el resultado invertido. En un proyecto, anunciar el desastre lo evita. Con una persona, anunciarlo lo produce: te pones a medir silencios, a interpretar lo que no dijo, a montar el plan de contingencia antes del primer café, y un día la otra persona se cansa de que la gestionen y se cumple exactamente lo que predijiste. Qué bola de cristal tan buena. En el trabajo mi pesimismo es la vacuna. En lo demás es la gripa.

Hasta ahí, la teoría. Lo que no me esperaba es que me la fuera a complicar una señora que compra galletas.

Hoy, como todos los días desde hace un tiempo, abres tu local. Llevas algunos meses sosteniendo ese sueño algo caprichoso de que alguien entre, pruebe algo hecho por ti y tenga unos segundos de felicidad, y sabes más o menos cómo será el día. Con los clientes nuevos hay un guion que no está escrito en ninguna parte más que en tu cabeza: un saludo cordial, unas opciones para los indecisos y, por qué no, una recomendación especial para ver si sale ese producto que por razones operativas hay que vender pronto. Con los habituales el guion es más profundo, ya no es solo productos por dinero: cómo ha estado él y su esposa, hace días no lo veía, qué pasó con Firulais que hoy no lo acompaña.

Y está el otro guion, casi actoral, el de aquella adusta dama que sin importar la hora del día está maquillada, con atuendos que podría reclamar el año 1992. Para efectos de este relato la llamaremos madame, aunque sospecho que encontraría ofensiva nuestra pronunciación. Madame no saluda, se queja. Hoy del jardinero, ese muchachito de más de cincuenta años que le cortó las petunias que tanto esfuerzo le costó hacer crecer, aunque ni una gota de agua les haya dado en su existencia. Que el muchachito del sexto piso es un desobligado que ni saluda en el ascensor. Que esa muchachita del quinto, sí, esa que viene de por allá de la costa, la tiene al borde de la locura, que se reúne con esa gente desde temprano a hacer ruido, a reírse y a cocinar, que seguro son de los que se inyectan marihuanas. Para madame, la felicidad sostenida es un indicio razonable de actividad delictiva.

Tú escuchas atentamente el memorial de agravios de esa mañana mientras ella mira la vitrina con el entusiasmo de un inspector sanitario que acaba de recibir una denuncia anónima, y aprovecha las pausas de su locución para preguntar si eso es de hoy.

—Salió esta mañana, señora.

—Pues parece de ayer.

Que aquello tiene mucha azúcar, que éclair está mal escrito y mal pronunciado, porque ella vivió en Francia, no sabemos si quince años o una escala de cuatro horas en Charles de Gaulle, y allá aprendió con el chef tal lo que es la buena mesa, y aquí solo hay mamarrachos e imitaciones de segunda. Luego pide lo de siempre: pan artesanal y galletas integrales, las mismas que lleva meses comprando, que nunca admite que le fascinan y cuya calidad insiste en poner en duda. Hay algo enternecedor en esa fidelidad al descontento.

Pero hoy decides ir un paso adelante. Ya le tienes empacado el pedido y, con un pequeño plot twist, en el papel kraft escribiste una nota: "Nos honra que nos escoja. Que tenga un excelente día y recuerde que siempre será bienvenida aquí, en su casa".

Al principio no se da cuenta. Está buscando en el monedero el billete que había apartado, porque ya sabía qué iba a comprar y lleva el valor exacto para que no tengan que darle vueltas, pues las monedas no tienen cabida en su fina cartera. Después de la transacción ve con extrañeza esas letras en un papel que se supone debería estar libre de cualquier imperfección. Las lee. Por un segundo su rostro parece dejar ver una tímida sonrisa. E inmediatamente:

—Ustedes no deberían escribirle tonterías a la gente. Inviertan ese tiempo en hacer mejores productos.

Y se va, sin despedirse, por supuesto.

Me tomó un rato ver lo del billete.

Madame sale de su casa sabiendo qué va a comprar, cuánto cuesta y que no va a recibir vueltas. Sabe qué se droga el quinto piso, cómo se pronuncia lo que no sabemos pronunciar y que eso de la vitrina parece de ayer. Llega con la decepción planeada, la comprueba, paga el valor exacto y se va sin que nada la haya tocado. Yo llevaba toda esta historia riéndome de ella, y resulta que es la persona más parecida a mí que aparece en este texto.

Ahora mira lo que hiciste tú detrás del mostrador. Exactamente lo mismo que hago yo: observaste un patrón, lo comparaste, te anticipaste, tuviste el pedido listo antes de que ella entrara. Misma técnica, misma pimienta. Con una diferencia que me ha dejado pensando más de lo que quisiera: todos mis planes están hechos para que algo no pase, y esa nota es el primero que veo hecho para que algo pase. "Siempre será bienvenida aquí, en su casa" es un pronóstico sin ningún sustento en el historial. Merton decía que a veces basta con tratar algo falso como si fuera cierto para que termine siéndolo, y lo decía como advertencia. Nadie le avisó que también se podía usar a propósito, en una bolsa de papel.

¿Funcionó? No tengo idea, y eso que a madame me la inventé yo. Puede que aquella sonrisa fuera cariño, o el recuerdo de alguien, o que estuviera a punto de estornudar y yo, que tengo cierta afición por encontrar significados, haya construido una teoría sentimental alrededor de una contracción muscular. Hay gente que es insoportable y ya, no hace falta inventarle una infancia trágica a cada persona que trata mal a los demás. Y tampoco me volví un hombre nuevo: sigo haciendo listas, sigo imaginando escenarios y no pienso renunciar a una maña que me paga el arriendo. Lo único que sé es que madame lleva meses volviendo a comprar unas galletas que dice que son malas, en un local que le parece una vergüenza, pudiendo ir a cualquier otro. Hay formas bien extrañas de decir gracias, y algunas no se pueden distinguir de una queja.

Yo también escribí la mía, y no fue en papel kraft. Ya había hecho el análisis, lo había comparado con situaciones de similares características, le había echado la pimienta, y la escribí de todas formas. Me encantaría contarte que hubo una sonrisa tímida, o por lo menos un estornudo. Lo que recibí no fue tan poético: fue un golpe que se sumó a los que en estos últimos tiempos me tienen la nariz chata y que ya me he acostumbrado a recibir. La bola de cristal acertó. Pocas veces me ha dado tanta rabia tener razón.

Pero si no lo intento entro perdiendo, y la piel, aunque cansada, ahora es más gruesa. Ya tengo otra nota escrita. Hice el análisis y sé exactamente cómo termina.

Espero estar equivocado.

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