Suecia, junio de 1978. En el circuito de Anderstorp aparece un auto que no se parece a ningún otro. El Brabham BT46B lleva en la parte trasera un ventilador enorme. Oficialmente sirve para refrigerar el motor. En la práctica, succiona el aire que queda debajo del auto y lo pega al asfalto como una ventosa.
Niki Lauda gana la carrera. Es la única que ese auto correrá en su vida. Después de las protestas de los demás equipos, el BT46B no vuelve a la pista. La idea era brillante, legal según el reglamento de ese día y, precisamente por eso, había que detenerla.
01 — Un patrónLa historia se repite
No fue un caso aislado. A comienzos de los noventa, Williams dominó con una suspensión activa controlada por computador, capaz de ajustar el auto curva por curva. Para 1994 esas ayudas electrónicas estaban prohibidas. En 2020, Mercedes presentó un sistema que permitía al piloto cambiar la alineación de las ruedas delanteras moviendo el volante hacia adelante y hacia atrás. Fue legal esa temporada y prohibido para la siguiente.
Desde 2021 la Fórmula 1 fue más lejos: además de un tope de presupuesto para todos, estableció que los equipos con peores resultados reciben más tiempo de túnel de viento y de simulación que los que ganan. El último del campeonato puede probar más que el campeón.
Cuanto mejor lo haces, menos te dejan intentarlo.
02 — La otra mitadNo todo límite es injusto
Sería deshonesto contar solo esa parte. Muchas reglas de la Fórmula 1 existen por seguridad, y han salvado vidas. Otras evitan que el deporte se convierta en una competencia de chequeras donde un solo equipo gana durante una década y el público deja de mirar. Un campeonato necesita competencia para existir, y eso tiene sentido.
Mi incomodidad no es con los límites. Es con un tipo particular de límite: el que no protege a nadie, sino que frena a quien lo hizo mejor para que los demás se sientan más cerca. Ese límite no sube el nivel de la competencia. Lo baja.
03 — Fuera de la pistaLo hacemos todos los días
Lo que me interesa de esta historia no es la Fórmula 1. Es lo mucho que se parece a lo que pasa en organizaciones y equipos.
- La persona que resuelve más rápido termina con el doble de trabajo, y aprende que destacar tiene un costo.
- Los procesos se diseñan para el caso más débil, y quien podría ir más rápido espera, porque el formato no admite otra velocidad.
- Se prohíbe una herramienta nueva, como la inteligencia artificial, no porque sea peligrosa, sino porque no todos están listos para usarla.
- La evaluación premia no equivocarse, y quien propone ideas nuevas se equivoca más que quien no propone nada.
Nada de esto se hace por maldad. Se hace en nombre de la equidad, de la armonía del equipo o de la prudencia. Pero el efecto acumulado es el mismo del ventilador del Brabham: la mejor idea del grupo se queda en el garaje.
04 — Una alternativaSubir el piso, no bajar el techo
No escribo esto desde la arrogancia. Todos hemos estado atrás en algo, y todos hemos necesitado ayuda para alcanzar a otros. Esa ayuda es valiosa. El problema aparece cuando la única forma de acortar la distancia es frenar a quien va adelante.
Hay otra manera de pensar la equidad en un equipo: invertir en quienes necesitan crecer, con formación, acompañamiento y tiempo, sin pedirle a nadie que haga menos de lo que puede. Subir el piso en lugar de bajar el techo. Es más difícil y más lento. Pero es la única versión de la justicia que no le cuesta al equipo su mejor desempeño.
Las rueditas de apoyo sirven para aprender a montar. El problema es ponérselas a quien ya sabía hacerlo.
En los equipos que dirijo intento cuidar las dos cosas: que nadie se quede atrás y que nadie tenga que esconder lo que sabe hacer. No siempre lo logro. Pero cada vez estoy más convencido de que la excelencia no es el problema que hay que regular. Es el estándar al que vale la pena ayudar a todos a llegar.